martes, mayo 15, 2012
LA ULTIMA ENTREVISTA DE CARLOS FUENTES
En su última entrevista concedida a el Periódico El País, el escritor mexicano, Carlos Fuentes, aseguró no tener “ningún miedo literario”, afirmó que al término de su obra “Federico en su balcón”, ya tenía en mente “El baile del centenario”.
"Mi sistema de juventud es trabajar mucho, tener siempre un proyecto pendiente. Ahora he terminado un libro, Federico en su balcón, pero ya tengo uno nuevo, El baile del centenario, que empiezo a escribirlo el lunes en México".
A continuación te presentamos la entrevista completa:
Pregunta. ¿Sin horror al vacío de la página en blanco?
Respuesta. Miedos literarios no tengo ninguno. Siempre he sabido muy bien lo que quiero hacer y me levanto y lo hago. Me levanto por la mañana y a las siete y ocho estoy escribiendo. Ya tengo mis notas y ya empiezo. Así que entre mis libros, mi mujer, mis amigos y mis amores, ya tengo bastantes razones para seguir viviendo.
P. ¿No cree que a veces al cumplir años uno no se hace más sabio sino más torpe a medida que se afianza en sus viejas convicciones?
R. Depende de quién. Yo soy muy amigo de Jean Daniel, el director del Nouvel Observateur. Es un hombre que acaba de cumplir 91 años y es más lúcido que usted y yo juntos. Nadine Gordimer tiene noventa y tantos. Luise Rainer, la actriz, a quien veo mucho en Londres, tiene 102 años. Y va conmigo a cenas, se pone un gorrito y va feliz de la vida. No hay reglas. El hecho es que cuando se llega a cierta edad, o se es joven o se lo lleva a uno la chingada.
Las calles de Buenos Aires le hacen recordar a Carlos Fuentes su adolescencia entre risas, como si acabara de sucederle ayer, inmune a las trampas de la nostalgia.
R. Viví mucho Buenos Aires porque mi padre llegó como consejero de la embajada de México en 1943. Como el ministro de educación era Hugo Wast, en la escuela se daba una educación fascista. Y le dije a mi padre: “Mira, yo vengo de la escuela pública de Washington, no soporto esto”. Y mi padre me dijo: “Tienes toda la razón, tienes 15 años, dedícate a pasear”. Y eso hice. Durante un año me convertí en hincha de la orquesta de Aníbal Troilo. Lo seguí por todos lados. La librería Ateneo me alimentó con literatura argentina, me enamoré de una vecina que me doblaba la edad. Yo tenía 15 años, ella 30. Y siempre que regreso tengo la sensación de que rejuvenezco, de que vuelvo a tener 15 años y dónde está la francesita de enfrente, ¿no?
P. ¿Fue correspondido?
R. Mmmuy correspondido porque el marido estaba dirigiendo películas el día entero.
P. ¿Cómo nota ahora la ciudad?
R. Ha cambiado muy poco, es una ciudad idéntica a sí misma. Era una ciudad que se hizo en el gran auge ganadero y agrícola, desde [Domingo F. ] Sarmiento (1811-1888) hasta 1940. Pero están las mismas grandes avenidas, los mismos grandes hoteles... México es una ciudad más antigua, una ciudad india primero y después una gran ciudad de la colonia. Pero esto era una aldea en 1820 y dio un gran salto y se convirtió en Buenos Aires, que era la ciudad más atractiva, más moderna de América Latina. En esos años los argentinos despreciaban mucho al resto de América Latina: los brasileños eran macacos, los mexicanos éramos pistoleros. Y ahora ya somos iguales todos.
P. ¿Bailaba tangos?
R. Lo bailo muy bien. Tuvimos una cena en Montevideo que le dio el presidente [Julio María] Sanguinetti al presidente [Ernesto] Zedillo. Sanguinetti baila el tango estupendamente. Bailó con su mujer… ¡guau, aplausos!… Y le dijo a Zedillo: “Ahora, usted”. Y el presidente me dijo: “Carlos, tú represéntame”. Y yo bailé con mi mujer. Representé a México gracias al tango.
P. Un escritor que recibe trato casi de jefe de Estado, ¿cómo se las arregla para escuchar?
R. Un escritor tiene que escuchar porque si no, no se sabe cómo habla la gente. Anoche, por ejemplo, pasé dos horas o tres firmando libros en la feria. Pero, sobre todo, para oír a la gente, para ver qué piensa. Y, más que nada, yo les pregunto a ellos.
Fuentes está leyendo dos libros. Uno es Mañana o Pasado, de su compatriota Jorge Castañeda sobre la actualidad mexicana – “un libro muy inteligente, con el que estoy de acuerdo a veces sí y a veces no, pero es una mirada muy inteligente”-- y el otro es Los Living, de Martín Caparrós. “Muy buen libro de muy buen escritor”. También le encantó Libertad, de Jonathan Franzen: “Rompe con los moldes y restricciones de la novela americana. Él mete todo, periodismo, política, deportes… todo va entrando de una manera natural para dar un mundo completo de esta gente tan decente y simpática que son unos monstruos, pero que están rodeados de un mundo de cultura verdadero”.
Cuando publicó en España su ensayo La gran novela latinoamericana indicó que al chileno Roberto Bolaño no aparecía en el libro porque no lo había leído y no le gustaba opinar de lo que no conoce. Esperaba leerlo cuando encontrase más tranquilidad. Pero aún no debido encontrarla. Se declara desbordado por la cantidad de libros y escritores que salen cada año en Latinoamérica.
P. ¿De qué tratan su último libro y el que va a comenzar ahora?
R. En la que he terminado, Federico en su balcón, Nietzsche aparece resucitado en un balcón a las cinco de la mañana y yo inicio con él una conversación. Y la que voy a empezar, El Baile del Centenario, termina una trilogía de la Edad Romántica, que cubre desde la celebración del centenario de la independencia en septiembre de 1910, que lo organiza Porfirio Díaz, y la celebración del fin del centenario en 1920, que la organiza Álvaro Obregón con José Vasconcelos, de manera que cubre diez años de la vida de México. Tengo ya muchos capítulos, notas y personajes. Hay una mujer que me interesa mucho, que no quiere decir nada de su pasado y se va descubriendo poco a poco, hasta que llega al mar y se libera.
P. ¿Le atrae algo en particular de este principio de siglo?
R. Me fascinan los cambios que estamos viviendo. ¿Quién iba a decirle a usted que los cambios iban a empezar en el norte de África? Y de ahí se ha extendido a buena parte de Europa y a los Estados Unidos, donde muchos de mis estudiantes me dicen: “Yo soy doctor y no encuentro trabajo”. O… “Mi padre ascendió a la clase media y yo siento que estoy bajando a la clase trabajadora”. En América Latina también hay cambios muy grandes, aunque se ha mantenido cierta estabilidad. Antes los problemas empezaban en América Latina. Ahora parece que van a llegar a América Latina. Y es un mundo que no sabemos nombrar. Si uno le dice a Dante, ¿qué se siente estando en plena Edad Media?, él nos diría: “¿Y qué es la Edad Media?” No podemos nombrar esta época pero sentimos que todo está cambiando. El Renacimiento sabía que era el Renacimiento, la Edad Media no sabía que era la Edad Media.
P. ¿Qué tal se maneja con Internet y las redes sociales?
R. Yo me quedé en el fax; escribo a mano en una página en blanco con pluma, corrijo en la página de enfrente. Es mi esposa la que me informa de las novedades. Antes decía voy a la Enciclopedia Británica a busca y ahora mi esposa me dice, no, le da a una tecla y aquí está.
P. ¿Considera que en las últimas décadas se ha producido una especie de revolución silenciosa por parte de las mujeres?
R. Ha sido clamorosa, no silenciosa. Pero no es un problema que empezó hoy. La suya es una victoria de la humanidad, no solo de las mujeres.
P. ¿Qué opina de la expropiación del 51% de las acciones de Repsol en YPF?
R. En México nacionalizamos el petróleo en 1938. Hay actos que está dentro de las facultades de cada Gobierno y después están las consecuencias de esos actos. Y eso es lo que todavía no sabemos. Vamos a ver qué consecuencias tiene este acto. Los problemas internos de la Argentina, que son muchos, son resueltos a veces con un golpe de prestidigitación que acarrea el apoyo de toda la sociedad. Aquí hasta Menem se ha manifestado a favor de esta medida. Y se olvidan un poco de algunos errores, que ya vendrán otros.
martes, noviembre 15, 2011
Las trampas del tiempo
Sentada de cuclillas en la cama, ella lo miró largamente, le recorrió el cuerpo desnudo de la cabeza a los pies, como estudiándole las pecas y los poros, y dijo:
–Lo único que te cambiaría es el domicilio.
Y desde entonces vivieron juntos. fueron juntos, y se divertían peleando por el diario a la hora del desayuno, y cocinaban inventando y dormían anudados.
Ahora este hombre, mutilado de ella, quisiera recordarla como era.
Como era cualquiera de las que ella era, cada una con su propia gracia y poderío, porque esa mujer tenia la asombrosa costumbre de nacer con frecuencia.
Pero no. La memoria se niega. La memoria no quiere devolverle nada más que ese cuerpo helado donde ella no estaba, ese cuerpo vacío de las muchas mujeres que fue.
Bocas del Tiempo
miércoles, diciembre 22, 2010
Un siglo de Lezama
Ruta Norte Laguna Una lástima no tener a la mano la obra de Lezama Lima para consultarla mientras escribo a las prisas este recordatorio de su cumpleaños número cien. Un 19 de diciembre de hace exactamente un siglo nació en La Habana quien se convertiría en uno de los escritores más singulares de América Latina: José Lezama Lima. Allí mismo murió en 1976; salió a lo mucho dos veces de la isla pero su resonancia en el mundo de las letras fue tan amplia que todavía es considerado el más grande barroco latinoamericano de la historia.
No es más conocido, leído o emulado porque, creo, el registro de su escritura ha caído en desuso en las décadas recientes. Digamos que en estas épocas domina un estilo ligero, más bien plano, el más fácilmente asimilable por el lector apresurado y nada dispuesto a gastar tiempo en machincuepas sintácticas o en imágenes poéticas que supongan alguna complicación. Vivimos un momento hedónico en todo: si alguien propone que hagamos política para lograr un cambio social, lo juzgamos loco pues nadie está dispuesto a sacrificar su tranquilidad por una idea, por importante que parezca. Si alguien recuerda que cierto cine europeo es mejor que el norteamericano, lo tomamos por mariguano ya que aquel es “lento” y denso y éste es ágil y entretenido. Así, cuando alguien recomienda un libro en estas épocas más vale que no elija el de un barroco, pues todos esperan un tip que no cometa la impertinencia de enredarnos en berenjenales.
Lezama Lima, pues, no goza hoy y acaso no gozó nunca de multitudes. Su obra es, un poco como la de Borges o Reyes, aunque de otra manera, una obra para escritores, quienes al cabo suelen ser los que más aprecian a los colegas que desbrozan y despejan brechas nuevas o le añaden un timbre especial a lo ya muy conocido. Eso fue lo que logró Lezama Lima: el barroquismo elevado al cubo era hasta él un asunto del pasado, un estilo que tenía como hitos a Góngora y Sor Juana y carecía de cultores más cercanos a nosotros en el tiempo. En eso apareció, casi de la nada, el gordo Lezama Lima, quien vinculó un pensamiento espeso de imágenes poéticas con una expresión (hablada y escrita) no barroca, sino hiperbarroca, exuberante hasta lo selvático.
Su virtud le trajo seguidores, lectores de culto, algunos de ellos lujosísimos como Cortázar, Vargas Llosa o Monsiváis, pero también le acarreó repulsas. Para sus no lectores, Lezama Lima es un ilegible, un oscuro, un escritor de formas inextricables. Yo estoy a medio camino entre los que lo veneran y los que lo rechazan: el barroquismo siempre me ha gustado y por ello me presumo permanente feligrés de Góngora, Quevedo, Carpentier, Lemebel y otros pocos que han hecho de ese modo, el barroco, un modo eminente del español. Me gustan esos sensuales de la palabra, esos escritores que le buscan música a las letras y lo hacen, si es posible, con retorcimientos y rodeos (en estos días, y aprovecho el caso para demostrar lo que afirmo, convivo con una hermosa novela barroca de un escritor monstruo injustamente olvidado en nuestro país; me refiero al libro A sangre y fuego, de Manuel Echeverría, novela y autor que me tienen leyendo de rodillas).
Aunque no lo parezca, Lezama Lima opera distinto en cada uno de los géneros que abrazó. La complejidad mayor, en forma y fondo, está en su poesía; sus versos se dejan leer como sonido, pero es indudable que esconden, como poderoso coco, su pulpa y su licor. En sus ensayos ocurre algo parecido: Lezama Lima se mueve por los temas como murciélago en las cavernas: no necesita luz para dar con el destino donde reposará su análisis. Donde es más accesible, sin que esto signifique total comodidad, es en su narrativa. Para leer Paradiso, por ejemplo, es necesario no desistir en las primeras páginas, pescar el timbre y lo demás, la belleza total, cae por su propio y deslumbrante peso.
Hay un cuarto género encarado por Lezama Lima: el epistolar. Lo comenté hace relativamente poco, en la reseña sobre el libro Más allá de Paradiso, del profesor Gabriel Castillo, nuestro más asiduo comensal en los banquetes lezamianos. En sus cartas a José Rodríguez Feo, publicadas por ERA, el gordo es una delicia juguetona, un amigo que hace fiesta en cada misiva, un modelo de corresponsal que invita a imitarlo aunque ya no escribamos cartas cartas, sino desprolijos mails.
A un siglo de su nacimiento, y desde la trinchera incómoda del Vips que hoy me sirve de oficina, esto puedo decir, modesto pero sincero, para no olvidar el centenario de un escritor que, nos guste o no, está en la selección ideal de América Latina: el barroco de barrocos José Lezama Lima.
x Nota del editor: el 21 de diciembre de 2010 recibí una carta del fotógrafo Iván Cañas en la que me comenta ser el autor de la imagen que encabeza este post. La sesión fotográfica se dio una tarde habanera de 1969. En aquella ocasión, Cañas tomó dos rollos (qué raro suena ahora eso de los "rollos") del autor de Paradiso en su vida cotidiana: Lezama en su biblioteca, Lezama junto a su esposa María Luisa, Lezama en un parque, Lezama en un balcón, Lezama con el puro a todo humo... Agradezco a Iván Cañas el permiso para usar la foto del famoso escritor con el habanazo en primer plano.
jueves, junio 24, 2010
15 artistas encarnan a víctimas de la dictadura franquista :Contra la impunidad
lunes, junio 21, 2010
Carta a Monsi o no dejes para mañana lo que puedes hacer hoy
Ximena PeredoMe preparé muy mal para la muerte de Monsiváis. Tuve tiempo suficiente para hacerlo pero lo gasté esperándolo. Al enterarme de su muerte mi mente conectó vagones extraviados. Mientras el narrador del juego Dinamarca-Camerún hacía una pausa para informar a los radioescuchas el deceso del escritor, yo me desaparecí de mi asiento, abandoné el tráfico y me separé todo lo necesario de todo y de todos para despedirme de uno de mis amores peor correspondidos pero más gratificantes. Hallé consuelo en la imagen de una fruta desprendiéndose de su árbol. Ese momento, místico, único, del tallo que se suelta de la rama para entregarse en su confiada pesadez a la tierra me hizo cerrar los ojos y percibir la inexistencia de Monsiváis. Ya no estás, Monsi. No hay relevos. Nos quedaremos donde nos dejaste.
El domingo 27 de Mayo, luego de espulgar el periódico por última vez, algo me empujó a traer papel y pluma para escribir -¿por qué no?- una carta a Monsiváis. Hay que aprovechar esas mañanas en las que nuestros ojos ven nítido, en el ánimo hay perfume y el futuro se antoja como un mejor lugar. Escribí la carta en tres hojas, sin reparar, sin regresar, sin censurarme. Supe que estaba siendo sumamente cursi pero decidí no sentir vergüenza por ello, al contrario, desanudé las barcas nostalgia y cursilería para bogar buscando entre mis voces la que lo llamara.
Pasó una semana, dos, tres y la carta seguía en mi bolsa. La semana pasada fui finalmente al edificio de Correos pero encontré la oficina postal cerrada con un letrero que decía que a partir de ese día, la oficina cerraba una hora antes, a las 4pm. Dos días después regresé por la mañana, compré un sobre, y al buscar la carta en mi bolsa me acordé que justo la noche anterior había vaciado mi bolsa buscando desesperadamente un prendedor o mis llaves. Decidí comprar el timbre, y me llevé el sobre. En la estampilla aparece Rafa Márquez y Torrado. El viernes fue un día complicado de principio a fin y la carta, el sobre y el timbre tuvieron que esperar un mejor momento. En esto pensé cuando supe que Monsi había muerto.
La comparto con quienes están tristes, como yo. Para quienes como yo, se sienten desamparados y lamentan la suerte de México sin Monsi.
27 de Mayo de 2010, Monterrey, N.L
Querido Monsi:
Te escribo y te pienso desde el Monterrey que hoy se asoma soleado y brillante por mi ventana. Talvez no me recuerdes pero soy esa, en alguna fila, que nunca te habla pero siempre conversa secretamente contigo después de leer tus libros y columnas. Me llamo Ximena, alguna vez te mandé una servilleta para saludarte después de un mitin de AMLO cuando almorzábamos en Bellas Artes. Luego me tocó estar sentada en tu camita, mientras tú nos hablabas desde tu reposet con tus crocs rojas. Formé parte de ese libro reciente “La conciencia imprescindible”. Te escribo ahora desde la esquina de mi cocina, desde la mesa donde yace el periódico que sigue sin traerte. Estas letritas tienen por objeto decirte que me haces falta y que en tu ausencia te has hecho presente.
Entre los lectores y sus escritores favoritos se teje algo, un aire de familia. Creo que no soy la única que al leer algo que goza de veras piensa que el mensaje no puede más que ser decodificado por pocos. Como si una se asumiera parte de una tribu a la que pertenece el autor.
Esta idea es la que me hace pensar, creer, que te conozco, que te quiero. Corro el riesgo de estar equivocada pero aún siendo así no me arrepentiría porque habría gozado el sentimiento. Hoy me rebasaron la nostalgia y la cursilería, me pusieron esta hoja de papel y esta caligrafía para decirte que te extraño.
Yo creo que pronto te pondrás bueno, que regresarás con una revolución, -otra, la mejor- y que nos contarás lo que ves con la sabiduría de quien ha puesto su mano sobre la cabeza de la muerte. ¿Qué es la muerte? A mi no me espanta que te vayas. No lloraré como viuda ni me cercioraré de que todos vean que te llevo flores. No, Monsi, la muerte te espera para recompensarte. No te vayas a llevar un sabor a México amargo. Llévate el que algunos seguimos soñando. El del relajo, el de la solidaridad entre iguales, el de la amistad cívica, el que goza. El que lucha, el que se sostiene de pie, el de la reivindicación, el digno, el inteligente. Desde Monterrey yo sigo conservando un México en mi paladar que nadie me hará arrojar. Amo pensar que nuestros Méxicos se parecen, Monsi.
Recibe el abrazo largo y los dos besos que no me atrevo a darte en persona. Recibe mis caricias en tu pelo blanco y una sobadita en la espalda. Mis conversaciones, nuestras conversaciones seguirán: siempre me dices cosas bien distintas en los mismos renglones.
Te espero, te esperaré contenta.
domingo, junio 20, 2010
Ocho y medio minutos de aplausos...
Fue un homenaje vibrante de toda la comunidad intelectual de México, a la que acompañaron autoridades federales y locales de la ciudad, que en su momento más alto registró, tras una porra, ocho y medio minutos de aplausos alrededor del féretro con los restos mortales del escritor y periodista Carlos Monsiváis.
El féretro llegó a las nueve y veinte al Museo de la Ciudad en el centro histórico, bajo una lluvia constante.
Mañana domingo a las nueve de la mañana su cuerpo será trasladado a Bellas Artes, para realizarle un homenaje de cuerpo presente; después de la una de la tarde lo cremarán.
El lunes sus cenizas recibirán otro homenaje en el Teatro de la Ciudad.
“Ya ve que soy la única que queda –de la familia—Carlos era mi vida”, aceptó Doña María, tía de Monsiváis visiblemente afectada por la muerte de su sobrino. En algún momento los familiares del cronista entonaron un cántico protestante para despedirlo:
“Como podré estar triste, como sentirme solo, si Cristo es mi consuelo, mi amigo siempre fiel”, luego de que alrededor de unas 200 personas, ya hacía las diez y media de la noche entonaron el Himno Nacional de manera espontánea, en el patio en penumbra de la Antigua Casa de los Condes de Calimaya.
Una foto de Monsiváis hablando por teléfono mientras lo observa uno de sus tantos gatos, recuerdan el rostro del autor de Días de Guardar e innumerables obras, multipremiado por sus crónicas de la vida; el único escritor que era reconocido en la calle por la gente, según reconoció su amigo de la juventud y de su misma edad José Emilio Pacheco, con quien Monsiváis recibiría el Honoris Causa de la UNAM en septiembre próximo.
Al velorio llegaron sus amigos, escritores, políticos, intelectuales. Todos visiblemente afectados, como Cristina Pacheco, sin su marido, Elena Poniatowska, Ignacio Solares, Saltiel Alatriste, quien estuvo a punto de llorar cuando reconoció que “el mundo no es mejor sin ellos” y Rolando Cordera, sus compañeros de literatura.

Guadalupe Loaeza, la escritora, consternada aceptó que está de luto; consideró que Monsiváis dejó un vacío muy grande en la literatura mexicana. “Se están yendo los buenos”, comentó en alusión a la muerte del escritor José Saramago el día de ayer 18 de junio.
Llegaron los líderes del 68, el movimiento estudiantil en el que participó como activista y sobre el que escribió Días de Guardar, el libro que recogió sus crónicas. Hace apenas tres años fue coautor con el periodista Julio Scherer García de una profunda investigación sobre los responsables de la matanza de Tlatelolco, titulado Los patriotas De Tlatelolco a la guerra sucia.
Ahí estaba Salvador Martínez della Rocca, El Pino y Jesús Martín del Campo, hermano del activista asesinado el 10 de junio durante el Halconazo.
También vinieron políticos, como el jefe de Gobierno del Distrito Federal, Marcelo Ebrard, quien montó una guardia de honor. Javier González Garza, Inti Muñoz y Alonso Lujambio, el secretario de Educación Pública (SEP). El senador Pablo Gómez resaltó que el escritor fallecido era “un hombre de izquierda comprometido con la democracia y su pueblo”. Para Manuel Camacho fue un hombre tan inteligente que se le va a extrañar.
Como parte del homenaje los asistentes gritaron una porra. También le dedicaron una goya, la porra de la Universidad Nacional Autónoma de México, cuyo rector, José Narro, también estuvo presente.
Luego cantaron una estrofa de Amor Perdido, en recuerdo de la canción de donde extrajo el título de uno de sus libros de crónica más famosos, en homenaje a la cultura popular que como periodista Carlos Monsiváis retrató como nadie.
El flautista Horacio Franco, le rindió un homenaje tocando dos piezas del siglo XVII: Daphne de J. Alan Eick y la pavana Lágrimas de Jhon Dowland. Franco trabajó con Monsiváis en la búsqueda de la música del libro titulado Nuevo Catecismo para Indios Remisos, que se refería a los cantos novohispanos.
Franco colocó sobre el féretro la bandera de los colores gay e interpretó los danzones Juárez no debió de morir y Nereidas que los asistentes acompañaron entre susurros.
Después llegaron el diputado Ricardo García Saenz, los escritores Margo Glanz y Jaime Labastida; Joaquín Diez Canedo, director del Fondo de Cultura Económica y los caricaturistas Rafael Barajas, El Fisgón, José Hernández y Alfredo del Ríus, entre otros.
Bety, prima de Monsiváis, contó que fue decisión de la familia que el velorio fuera en el museo y que la obra se donara a El Estanquillo. Destacó que si existe una obra inédita del escritor pedirían que lo publicara la Secretaría de Cultura.
El 19 de junio, el periodista y escritor Carlos Monsiváis escribió en primera persona la crónica de su muerte. Todos le lloraron esa noche lluviosa desde antes de que su cuerpo llegara al Museo de la Ciudad de México.
Hacia la medianoche llegó el mariachi. Tocó Amor eterno de Juan Gabriel y Caminos de Michoacán.
Hasta el cierre de esta edición, el presidente Felipe Calderón, no había hecho acto de presencia en el velorio, aunque sí expresó públicamente sus condolencias por la muerte del escritor. Sin embargo, la autoridad cultural federal estuvo representada por Consuelo Zaizar, presidenta del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, con quien Monsiváis llevaba una estrecha amistad. A esto puede atribuirse el que la decisión familiar de que el homenaje al escritor sólo se llevara a cabo en el recinto del Teatro de la Ciudad, aceptara también el otro homenaje en el Palacio de Bellas Artes
Monsiváis, "conciencia crítica irremplazable": José Emilio Pacheco
Las siguientes palabras del escritor José Emilio Pacheco sobre la muerte de Carlos Monsiváis aparecen desplegadas en la página en línea del diario español El País.
"No puedo concebir un México sin la presencia ubicua de Carlos Monsiváis. Durante muchos años nos acostumbramos a leerlo, a escucharlo en conferencias por todas partes y en programas de radio, y a verlo en la televisión a tal punto que parece imposible resignarse al nunca más.
"Perdemos una conciencia crítica irreemplazable. Nos queda, en cambio, una obra vastísima que empezó en Días de guardar (1970) y culminó en Apocalipstick (2009), uno de sus grandes libros.
"Fue valiente, lúcido, implacable. Estuvo siempre con las minorías y los oprimidos. Esto lo saben todos. Menos apreciada es su labor de crítico literario y, en particular, crítico de poesía. Era un excelente lector poético y tal vez el último que se sabía poemas de memoria.
"Para mí es una pérdida irreparable. Termina una amistad de medio siglo, pero no acaba la deuda muy grande con su inteligencia y con su agudeza. Estuvimos juntos en muchas partes, desde Estaciones en nuestra adolescencia hasta las revistas de este siglo XXI.
"Lo descubrí en Medio Siglo donde publicó dos ensayos deslumbrantes, uno sobre novela policial y otro acerca de la ciencia-ficción. Son obra de un adolescente de 18 años y, sin embargo, pueden leerse como si hubieran sido escritos anoche.
"Ante su muerte sólo podemos leerlo y releerlo y darle al fin el sitio que merece entre los grandes escritores mexicanos de todos los tiempos".
sábado, junio 19, 2010
Las desgracias querido Monsi, nunca llegan solas
viernes, junio 18, 2010
José Saramago: In Memoriam
El año de la muerte de Ricardo Reis (fragmento)
" Ricardo Reis abrió el libro, vio unas señales incomprensibles, unas rayas negras, una página sucia. Ya me cuesta leer, dijo, pero incluso así voy a llevármelo. Para qué, para dejar al mundo aliviado de un enigma. Salieron de casa, Fernando Pessoa observó aún, no lleva usted sombrero, Sabe mejor que yo que allá no se lleva. Entonces vamos, dijo Fernando Pessoa. Vamos, dijo Ricardo Reis. Adamastor no se volvió para mirarlos, le parecía que esta vez sería capaz de dar un gran grito. Aquí, es donde el mar se acabó y la tierra espera. "
El evangelio según Jesucristo (fragmento)
" Las fuerzas de José cedieron de golpe ante el desastre. Como un ternero fulminado, de aquellos que vio sacrificar en el templo, cayó de rodillas y, con las manos contra el rostro, se le soltaron de una vez todas las lágrimas que desde hacía trece años venía acumulando, a la espera del día en que pudiera perdonarse a sí mismo o tuviera que enfrentarse con su definitiva condena. Dios no perdona los pecados que manda a cometer.
José no regresó al almacén, había comprendido que el sentido de sus acciones estaba perdido para siempre, ni el mundo, el propio mundo, tenía ya sentido, el sol iba naciendo y para qué, Señor, en el cielo había mil pequeñas nubes dispersas en todas las direcciones como las piedras del desierto.
Viéndolo allí, secándose las lágrimas con la manga de la túnica, cualquiera pensaría que se le había muerto un pariente entre los heridos recogidos en el almacén, y lo cierto es que José estaba llorando sus lágrimas naturales, las del dolor de la vida. "
El hombre duplicado (fragmento)
" Ni el propio Tertuliano Máximo Alfonso sabría decir si el sueño volvió a abrirle los misericordiosos brazos después de la revelación tremebunda que fue para él la existencia, tal vez en la misma ciudad, de un hombre que, a juzgar por la cara y por la figura en general, es su vivo retrato.
Después de comparar demoradamente la fotografía de hace cinco años con la imagen en primer plano del recepcionista, después de no haber encontrado ninguna diferencia entre ésta y aquélla, por mínima que fuese, al menos una levísima arruga que uno tuviese y al otro le faltara, Tertuliano Máximo Alfonso se dejó caer en el sofá, no en el sillón, donde no habría espacio suficiente para amparar el desmoronamiento moral de su cuerpo, y allí con la cabeza entre las manos, los nervios exhaustos, el estómago en ansias, se esforzó por organizar los pensamientos, desenredándolos del caos de emociones acumuladas desde el momento en que la memoria, velando sin que él lo sospechase tras la cortina corrida de los ojos, lo despertara sobresaltado de su primer y único sueño.
(...)
El alma humana es una caja de donde siempre puede saltar un payaso haciendonos mofas y sacandonos la lengua, pero hay ocasiones en que ese mismo payaso se limita a mirarnos por encima del borde de la caja, y si ve que, por accidente, estamos procediendo segun lo que es justo y honesto, asiente aprobadoramente con la cabeza y desaparece pensando que todavia no somos un caso perdido. "
Ensayo sobre la ceguera (fragmento)
" De la puerta del ala derecha empezaron a llegar voces anunciando que ya no quedaba sitio, que todas las salas estaban llenas, hubo incluso ciegos que fueron empujados de nuevo hacia el zaguán, exactamente en el momento en que, deshecho el tapón humano que hasta entonces atrancaba la entrada principal, los ciegos que todavía estaban fuera, que eran muchos, empezaban a avanzar acogiéndose al techo bajo el cual, a salvo de las amenazas de los soldados, irían a vivir.
El resultado de estos dos desplazamientos, prácticamente simultáneos, fue que se trabó de nuevo la pelea a la entrada del ala izquierda, otra vez golpes, de nuevo gritos, y, como si esto fuese poco, unos cuantos ciegos despistados, que habían encontrado y forzado la puerta del zaguán que daba acceso directo al cercado interior, empezaron a gritar que allí había muertos. Imagínese el pavor.
Retrocedieron éstos como pudieron, Ahí hay muertos, hay muertos, repetían, como si los llamados a morir de inmediato fuesen ellos, en un segundo el zaguán volvió a ser un remolino furioso como en los peores momentos, después la masa humana se fue desviando en un impulso súbito y desesperado hacia el ala izquierda, llevándose todo por delante, rota ya la línea de defensa de los contagiados, muchos que ya habían dejado de serlo, otros que, corriendo como locos, intentaban escapar de la negra fatalidad.
Corrían en vano. Uno tras otro se fueron todos quedando ciegos, con los ojos de repente ahogados en la hedionda marea blanca que inundaba los corredores, las salas, el espacio entero. Fuera, en el zaguán, en el cercado, se arrastraban los ciegos desamparados, doloridos por los golpes unos, pisoteados otros, eran sobre todo los ancianos, las mujeres y los niños de siempre, seres en general aún o ya con pocas defensas, milagro que no resultaran de este trance muchos más muertos por enterrar. "
La isla desconocida (fragmento)
" El hombre del timón contempló la desbandada en silencio, no hizo nada para retener a quienes lo abandonaban, al menos le habían dejado los árboles, los trigos y las flores, con las trepadoras que se enrollaban a los mástiles y pendían de la amurada como festones. Debido al atropello de la salida se habían roto y derramado los sacos de tierra, de modo que la cubierta era como un campo labrado y sembrado, sólo falta que venga un poco más de lluvia para que sea un buen año agrícola. Desde que el viaje a la isla desconocida comenzó, no se ve al hombre del timón comer, debe ser porque está soñando, apenas soñando, y si en el sueño le apeteciese un trozo de pan o una manzana, sería un puro invento, nada más. Las raíces de los árboles están penetrando en el armazón del barco, no tardará mucho en que estas velas hinchadas dejen de ser necesarias, bastará que el viento sople en las copas y vaya encaminando la carabela a su destino. Es un bosque que navega y se balancea sobre las olas, un bosque en donde, sin saberse cómo, comenzaron a cantar pájaros, debían de estar escondidos por ahí y de repente decidieron salir a la luz, tal vez porque la cosecha ya esté madura y es la hora de la siega. Entonces el hombre fijó la rueda del timón y bajó al campo con la hoz en la mano, y, cuando había segado las primeras espigas, vio una sombra al lado de su sombra. Se despertó abrazado a la mujer de la limpieza, y ella a él, confundidos los cuerpos, confundidas las literas, que no se sabe si ésta es la de babor o la de estribor. Después, apenas el sol acabó de nacer, el hombre y la mujer fueron a pintar en la proa del barco, de un lado y de otro, en blancas letras, el nombre que todavía le faltaba a la carabela. Hacia la hora del mediodía, con la marea, La Isla Desconocida se hizo por fin a la mar, a la búsqueda de sí misma. "
Todos los nombres (fragmento)
" Desesperado, con los nervios deshechos, a punto de llorar, don José fue donde le mandaron. Durante los pocos minutos que había durado la difícil conversación con el Jefe, el trabajo se había acumulado en su mesa, como si los otros escribientes, sus colegas, aprovechándose de la deteriorada situación disciplinaria en que lo veían, quisieran, por propia cuenta, castigarlo también. Además, unas cuantas personas esperaban su turno para ser atendidas. Todas estaban frente a él, y no era por casualidad, o porque pensaran, cuando entraron en la Conservaduría General, que el funcionario ausente quizá fuese más simpático y acogedor que los que estaban a la vista a lo largo del mostrador, sino porque esos mismos indicaron que era allí adonde debían dirigirse. "
Viaje en Portugal (fragmento)
" No es verdad. El viaje no termina jamás. Solo los viajeros terminan. Y también ellos pueden subsistir en memoria, en recuerdo, en narración...El objetivo de un viaje es solo el inicio de otro viaje. "
domingo, diciembre 27, 2009
Inconmensurable Reyes
Ruta Norte LagunaLa palabra inconmensurable da idea de lo que significa: en sí misma parece una palabra inconmensurable, es decir, inmedible, así que colocada a un ser humano parece hiperbólica. No digo nada nuevo si se la aplico a Alfonso Reyes Ochoa, quien murió un día como hoy, 27 de diciembre, pero de 1959. Cumplimos, pues, medio siglo sin Reyes, lo que es parcialmente cierto, pues si algún mexicano de su data ha sobrevivido de alguna forma, en este caso la editorial, es él, un escritor redondo e inabarcable.
En su poema “In memoriam AR”, publicado en el diario La Nación, de Buenos Aires, el 21 de febrero de 1960, casi dos meses después de la muerte de Reyes, Borges hace, más que un elogio, un panegírico al admirado amigo mexicano con el que alguna vez trabó amistad. Reyes fue, para el argentino, un escritor circular, cabal. Cierto. A estas alturas podemos saber y comprobar que habrá mejores historiadores, narradores, diplomáticos, poetas, ensayistas, traductores y demás, pero difícilmente hay alguien que conjugue esos saberes, y otros muchos, como lo hizo Reyes. Era un hombre de intereses ecuménicos, una especie de humanista del Renacimiento que, como dicen, por “azares del destino” nació en el polvo del norte mexicano.
Le tocó vivir una niñez alegre en la casona de Bernardo Reyes, su padre, gobernador de Nuevo León. Entre precoces lecturas y cordialidad, todo caminó relativamente bien hasta que, saltados sus veinte años, su padre murió el 9 de febrero de 1913 en uno de los muchos episodios sangrientos de la decena trágica. Lo que viene para Alfonso Reyes luego de ese latigazo en su sensible biografía es la lenta y civilizada digestión del hecho infausto: pone tierra de por medio y comienza un largo peregrinar que durante más de dos décadas lo lleva a trabajar en Francia, España, Brasil y Argentina, lugares donde ejerce de todo lo posible: diplomático, periodista, investigador literario, escritor… Ese lejano trajinar no lo desprende de México, pues además de los demasiados asuntos oficiales que debía de atender, su cabeza está puesta permanentemente en la mejoría del semibárbaro país al que representaba. A la vera de su trabajo en las embajadas mexicanas, sus publicaciones siguen un derrotero múltiple: son numerosas y aparecen donde se puede, aquí y allá, en cualquier parte, a veces bien cuidadas, a veces no.
Reyes vuelve a México al cerrar la década de los treinta. Para entonces, su espíritu ha logrado desvanecer la piedra de la desolación que se formó abruptamente en su interior tras la absurda muerte de su padre. Reinstalado en su patria, Reyes tendrá veinte años para afinar lo mejor de su trabajo: forma instituciones, dialoga con jóvenes, participa un tanto forzadamente en debates públicos, investiga, publica muchísimo, lee y relee, organiza con toda conciencia su oceánica obra completa y le toca ver, a mediados de los cincuenta, que el Fondo de Cultura Económica comienza a publicarla en gruesos tomos. Además de los que aparecen para la venta masiva, el FCE le cumple una especie de capricho: saca algunos de los tomos en edición de lujo, impresos en papel fino, intonsos, para coleccionistas, en tiraje cortísimo de 104 ejemplares firmados por el autor. Reyes alcanzó a firmar los 104 ejemplares de los primeros cinco o seis volúmenes, y por extraño que parezca, dos juegos casi completos de esa serie llegaron a Torreón y aquí compré una, de suerte que, pagados casi a nada, tengo tres tomos con la firma del regiomontano. Contaré la anécdota con detalle en otra ocasión; sólo adelanto que esa incursión bibliográfica ocurrió hace casi veinte años y la compartí con Gerardo García Muñoz, quien se hizo de la otra colección disponible de milagro en La Laguna.
Además de elogios más que bien merecidos, a la figura de Reyes le han lanzado también venablos. Los más grandes (Borges, Cortázar, Paz, Fuentes, Pitol y con alguna apostilla Vargas Llosa, entre otros) lo aplaudieron y celebraron sobre todo la policromía de sus intereses y la esplendidez de su prosa, la mejor escrita, para algunos, en el ámbito de nuestra lengua. Los dardos, empero, no le faltaron ni le faltan todavía. Que no se comprometió, como si comprometerse con la escritura de miles de inteligentes páginas no fuera un compromiso. Que no era apasionado, como si apasionarse por la cultura universal no fuera suficiente pasión (“Erasmo mexicano”, lo llamó Cortázar). Que dejó una obra llena de pedacería, como si El deslinde o La antigua retórica o La crítica en la edad ateniense o Trayectoria de Goethe o Cuestiones gongorinas no fueran libros perfectamente bien articulados y compactos, orgánicos, escritos con ese estilo generosamente fresco, con aroma siempre a nuevo, de todas las muchisísimas páginas que urdió.
Ante una obra así de rica (más de 25 volúmenes y contando), los accesos a Reyes son múltiples. Se me ocurre ahora que antes de leerlo es oportuna una especie de “Introducción a Reyes”. La mejor que conozco es Alfonso Reyes, caballero de la voz errante (UANL, cuarta reimpresión revisada y ampliada, 2007), de Adolfo Castañón. Pero como sea, con o sin preámbulo, Reyes sigue siendo, a cincuenta años justos de su muerte, un ejemplo de fe en el pensamiento y el poder de la palabra.

