domingo, noviembre 21, 2010
Viva Villa cabrones...La revolución no ha terminado
jueves, septiembre 16, 2010
¡Viva México, hijos...!
El Fondo de Cultura Económica publica, en el contexto de los festejos patrios, el libro Huellas del peregrino: vistas del México independiente y revolucionario, de Octavio Paz. Se trata de una edición y selección a cargo de Adolfo Castañón, con prólogo de Jean Meyer, de una serie de ensayos, artículos, textos y entrevistas con el premio Nobel de Literatura 1990, donde da a conocer sus vislumbres, atisbos y pareceres de los periodos históricos a los que alude el título, pero también sobre el mundo y el lugar del pensamiento y la crítica en su seno. Gracias a la generosidad de la señora Mari Jose Tramini de Paz, quien autorizó su publicación en La Jornada, presentamos este texto que escribió Octavio Paz cuando tenía 29 años de edad
Cuando yo era niño vivía en un pequeño pueblo de los alrededores de la ciudad de México. Mi casa estaba en una calle solitaria y abandonada; viejas casas, árboles, polvo, soledad... La calle desembocaba en una plaza demasiado grande para una iglesia diminuta, casi ahogada por los fresnos de áspera corteza que poblaban al atrio. Aquella plaza estaba siempre vacía, excepto los días de fiestas religiosas. En ocasiones, desde temprano, una banda tocaba melancólicas marchas que querían ser marciales; en torno a los músicos, chicos y grandes formaban un absorto círculo de comedores de cacahuates. Los grandes oían sin pestañear, durante todo el día, el reducido repertorio de los músicos, infatigablemente repetido. (¿Pero oían realmente aquellas estatuas de calzón blanco, faja colorada o negra y sombreros de petate, o la música sólo era un pretexto para quedarse quietos?) Por la noche la plaza se hacía más grande y la multitud más densa; hasta la iglesia crecía. Me parecía infinita aquella plaza anegada por la sombra; y la marea de la gente, yendo y viniendo, era como una espesa condensación de la sombra infinita.
En las torres las campanas tocaban. Minuto a minuto brotaban, no se sabía de dónde, serpientes voladoras, raudos cohetes que al llegar al corazón de la sombra se deshacían en un abanico de luces (parecen lágrimas, decían algunos niños atónitos). Los vendedores pregonaban sus dulces, frutas y refrescos. La multitud mugía tristemente; a veces se oían gritos, voces, pronto sepultadas en un rumor confuso. A media fiesta la iglesia resplandecía, bañada por la luz blanca, de otro mundo: eran los fuegos artificiales. Silbando apenas, giraban en el atrio las ruedas prodigiosas, primero lentamente, después con tal velocidad que parecían quietas rosas de fuego. Mientras giraban despedían chispas de todos colores. Al final la primera rueda adquiría un verde brillante, como toque de clarín; la segunda, blanco; y la tercera, se volvía de un rojo bizarro, más de sandía que de mamey. Un murmullo sacudía la noche. Y siempre, entre el rumor extático, había alguna voz, desgarrada, angustiosa, que gritaba: ¡Viva México, hijos de...!
La multitud respondía con un oleaje de penosa alegría. A los pocos minutos los brillantes colores de la bandera se quemaban en su propia luz, vueltos carbones y chirridos agónicos. La gente silbaba y era como si el infinito silbara, desde siglos. Y la banda tocaba alguna marcha de tiempos de don Porfirio.
¿A quiénes les decía ¡hijos de...! aquella convulsa voz popular? ¿Y quién era esa señora? Nunca lo supe. Primero pensé que se lo decían a los que allí se congregaban, pero cuando me dijeron que aquello era una injuria muy fea, deseché esa suposición. Más grande, en la primaria, cuando supe de gachupines, gringos y franceses, pensé que se trataba de una alusión histórica. Pronto me convencí de que también era absurda la atribución. Aquella frase no estaba dirigida a nadie y no poseía ninguna significación concreta. Si al principio quiso decir algo, ya todos habían olvidado su primitivo sentido. Se había convertido en algo mágico, inefable. En realidad era un grito en el vacío –y lanzado al vacío. A veces, sacrílegamente, he pensado que ese grito, allí, frente a la iglesia, madre de los hombres, era la respuesta nihilista de un pueblo desamparado. México era un país sin madre y, frente a la Madre Universal, el mexicano se proclamaba –o proclamaba a los que lo rodeaban– descendiente de una palabra vacía, hueca, inefable como la nada.
Cuando un español, más enamorado de la honra que del amor, insulta a otro, lo llama hijo de ramera. No hay un insulto más grave porque con él se ofrende lo más entrañable y prohibido del español. Eso se explica en un pueblo en donde la relación más importante es la de las madres y sus hijos y en países en donde el amor es una forma de la voluntad, más que un sentimiento del corazón. En México ocurre algo semejante, nada más que los mexicanos, en lugar de convertir a la madre en ramera, la substituyen por otra: la nada. Hijo... significa, sencillamente, ser hijo de cualquier cosa, menos de la mamá de cada quien. No es una casualidad que esa palabra se identifique a veces con un país del Oriente, el más remoto, desconocido y extravagante para el pueblo mexicano. Ya sé que hay también una razón eufónica, porque parece que la China contiene a la otra palabra, de un modo abreviado y como en cifra, pero en este caso creo que el parecido verbal sólo ha contribuido a fijarla en la imaginación popular.
¡Qué desamparado resulta, entonces, ese grito que oí de niño en un pueblo cualquiera! Pues en ese grito el mexicano se afirma, orgullosa y desesperadamente, como un hijo de la nada. Alude a su situación presente y a su turbia historia. Al gritar así, en el vacío de su alma y contra el inmenso vacío que lo rodea, expresa su voluntad de no ser.
México, 1943
Miscelánea I, en Obras Completas, tomo 13, pp. 341-342.
viernes, abril 02, 2010
Ridicula Minoria
“No nos vamos a dejar dominar por una bola de maleantes que son una ridícula minoría”, declara con vehemencia Felipe Calderón. Sin duda el Presidente se refiere a los narcotraficantes, a los criminales organizados, a los secuestradores, a los capos, a Los Zetas, a los sicarios, a todos aquellos que retan a la autoridad y buscan ser dueños de la plaza que el Estado necesita monopolizar. Pero al escucharlo, resulta difícil minimizar el problema como él intenta hacerlo. Resulta inverosímil pensar que el reto para México se reduce a un manojo de personas violentas con camionetas y ametralladoras que el despliegue creciente de la fuerza pública logrará -algún día- subyugar. La situación es más grave de lo que se admite, más compleja de lo que se discute, más difícil de lo que el gobierno calderonista quiere reconocer.
Como lo revela el libro El México Narco, coordinado por Rafael Rodríguez Castañeda, el narcotráfico ha invadido el territorio nacional, región tras región, estado tras estado. Con la complacencia y la complicidad de las autoridades -civiles, policiacas, militares- el narcotráfico ha convertido al país en una potencia de producción, venta, distribución y exportación de estupefacientes. Desde Tijuana hasta Cancún, desde Reynosa hasta Tapachula, los cárteles imponen sus propias leyes, cobran sus propios impuestos, instalan sus propios gobiernos. La “ridícula minoría” ha logrado poner en jaque a la impotente mayoría. México no puede ser catalogado como un Estado fallido, pero se ha convertido -en ciertas franjas del territorio nacional- en un Estado acorralado.
Si durante el sexenio de Vicente Fox, la PGR había detectado la presencia de siete cárteles bien estructurados y bien protegidos, ahora vemos su multiplicación. Su diversificación. Su participación en nuevos negocios como el secuestro y el tráfico de personas. El mercado del delito es más amplio y más competido; más grande y más reñido. Basta con mirar a Aguascalientes que dejó de ser el “oasis de tranquilidad” para convertirse en un sitio de enfrentamientos constantes entre los cárteles de Juárez y Sinaloa. O Durango, el estado de la impunidad garantizada. O Campeche, donde la exuberancia natural, la pobreza de sus habitantes y la añeja corrupción gubernamental han creado una base ideal para el narco. O Chihuahua, donde las peleas entre los Carrillo Fuentes y El Chapo Guzmán han diezmado la región. O el Distrito Federal, donde células de los cárteles de Juárez, los Arellano Félix, los Valencia, del Golfo, de Culiacán, los Beltrán Leyva, y La Familia Michoacana mantienen una activa presencia, al igual que en la tierra de Enrique Peña Nieto.
Ejemplos de cómo las “ridículas minorías” van infiltrando, avanzando, imponiendo, erosionando, montadas sobre un andamiaje institucional corroído. El tamaño del narcotráfico en México equivale a la magnitud de la corrupción; a la existencia precaria o inexistente del Estado de Derecho. El mapa de los cárteles de la droga coincide, casi calcado, con el entramado gubernamental. Con los miembros del Ejército comprados. Con las corporaciones policiacas corrompidas. Con el Poder Judicial cómplice. Con los periodistas locales intimidados o asesinados. En México la frontera entre legalidad y delito es cada vez más tenue, más difusa, más permeable.
Como argumenta Rodríguez Castañeda, “se corrompe arriba, se corrompe abajo y a los lados”. La complicidad generada por un mercado multimillonario trastoca tanto la base de la pirámide social como la punta del poder oficial. Ante ello, Felipe Calderón argumenta que sería ingenuo cambiar de estrategia; fustiga a sus críticos por tan sólo sugerirlo; defiende lo que ha hecho sin abrir la posibilidad de un planteamiento alternativo. Pero la realidad recalcitrante sugiere que llegó la hora de repensar la visión oficial y nadie está proponiendo que deje de combatir a los criminales. De lo que se trata es de hacerlo con más inteligencia y con una visión más amplia que vaya a la raíz del problema. México es un país de crímenes sin castigos; de delincuentes rara vez aprehendidos y muchas veces liberados; de 100 delitos denunciados donde sólo en 3 casos se llega a sancionar a algún responsable. Combatir el narcotráfico sin combatir la impunidad, eso sí, es una guerra fallida.
De poco sirve un despliegue masivo de tropas y fuerzas de seguridad federal que en el mejor de los casos es un disuasivo temporal para la actividad criminal. Hay que pensar menos en cómo atrapar capos y más en cómo profesionalizar policías. Hay que centrar menos atención a la interdicción de drogas y más hacia la construcción de juzgados funcionales. Hay que dedicar menos tiempo a perseguir narcotraficantes dentro de las universidades y más tiempo investigando y frenando los flujos financieros que les permiten operar. Hay que utilizar menos recursos atrapando a quienes viven del mercado del narcotráfico, y más en cómo despenalizarlo para coartar sus ganancias. Si no, la “ridícula minoría” seguirá riéndose de Felipe Calderón mientras se adueña de su plaza.
miércoles, febrero 24, 2010
2010 Ni Independencia Ni Revolución: Rius
* El caricaturista habla de su libro más reciente, 2010: ni Independencia, ni Revolución.
* Nada hay que celebrar cuando tenemos 60 millones de pobres, reclama Rius.
Arturo García Hernández
La Jornada
Para el caricaturista Eduardo del Río, Rius, en el centenario y bicentenario de la Revolución y la Independencia, respectivamente, “no hay nada que celebrar cuando la situación de los indios es la misma, cuando hay 60 millones de pobres, cuando la educación está hecha un desastre”.
Las conquistas que hubo tras la Revolución, sólo refrendadas por el gobierno de Lázaro Cárdenas, “se han ido al bote de la basura” a partir del sexenio de Miguel Alemán. “La Revolución dejó de existir y empezó la Robolución, por eso se me hace absurdo celebrar”.
Rius habla en entrevista a propósito de la publicación de su libro más reciente, cuyo título lo dice todo: 2010: ni Independencia, ni Revolución (Planeta).
Luego de hacer un repaso –fiel a su celebrado estilo– por la historia de México, desde el inicio del movimiento de Independencia, pasando por la Revolución y los gobiernos posrevolucionarios, Rius ofrece en su libro un argumento inapelable para demostrar que las cosas no han cambiado: “los indios del presente (EZLN), cuando México estaba por ingresar al primera mundo, agarraron sus fusiles de madera y gritaron: ¡Queremos pan, queremos salud, justicia, agua, luz, vivienda digna! ¡Queremos nuestra tierra! ¡Queremos educación y trabajo justo!”
Lo mismo que Hidalgo en su momento, o Zapata. Y concluye: “Si no... ¿qué chingaos festejamos?”
Tanto en el libro como en la entrevista, las palabras de Rius denotan desesperanza: “o si acaso tengo una esperanza pesimista, pero lo veo muy difícil; la luz al final del túnel está muy lejos: ¿cómo le hacemos?, ¿por donde empezamos?”
–¿Por la educación?
–Pero si la educación es un desastre; primero habría que educar a los educadores.
–¿Y izquierda?
–La izquierda llegó al poder y se corrompió; fui militante del Partido Comunista y nunca nos planteamos llegar al poder, cumplíamos una función de agitación y de organización, pero nunca funcionó realmente. Luego vino la caída del Muro de Berlín, nos agarró desprotegidos, muchos creyeron que no tenía caso. Bueno, a mí no, porque yo deseaba y esperaba algo así, como la Perestroika de Gorbachov, pero le ganó el tiempo y le ganaron las masas.
–Mucha gente de izquierda se formó con sus libros. ¿Ha pensado que no sirvió de nada toda esa labor?
–A veces me he preguntado eso, cuando veo que el país está cada vez peor: mucha gente considera que fui su maestro de politización, pero no de la izquierda de ahora; hoy me da vergüenza lo que está pasando en el PRD, un partido que ayudé a fundar.
–¿Cuándo empezó sus desesperanza?
–Yo tenía una gran admiración por Fidel Castro y la revolución cubana; mi desencanto empezó cuando apoyó la invasión de la Unión Soviética a Checoslovaquia, en 1968; otra parte empezó cuando me quité los lentes del partido y vi cómo era ese falso socialismo.
Fue ese año de 1968 cuando, en el contexto del movimiento estudiantil y la matanza de Tlatelolco, “me secuestró el ejército y trataron de matarme; fui el único que se les fue vivo. Me salvó la vida la intervención de Lázaro Cárdenas, quien era mi tío lejano”.
No obstante, Rius asegura que no le da pena “confesar que sigo siendo un hombre de izquierda”, aunque ahora ya no piensa cosas que pensó en otro momento, como “matar a todos los hijos de puta que nos han estado viendo la cara”.
–¿Cómo se puede hacer humor de la catástrofe?
–Es la única manera de sobrevivir a la catástrofe nacional. Sin humor es muy difícil no sumirse en la depresión; no sólo a mí, sino a buena parte del pueblo, eso lo ha salvado, reírse de los que los oprimen; es una especie de venganza.
(2010: ni Independencia, ni Revolución será presentado el sábado a las 18 horas en la feria del libro del Palacio de Minería, con los comentarios de Paco Ignacio Taibo II.)
