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viernes, septiembre 11, 2009

Septiembre 11

Ayer se cumplieron 36 años de que el presidente constitucional de Chile, Salvador Allende, fue víctima de un violento golpe militar –colofón de una campaña de desestabilización política auspiciada desde Washington– que terminó por subvertir la institucionalidad democrática en ese país –sustituyéndola por un régimen bárbaro y asesino– y puso de manifiesto la aversión de la Casa Blanca a los gobiernos populares y progresistas, por más legítimos que fuesen.

A la par de la consolidación de la dictadura emanada de ese cuartelazo, Chile se convertiría en el primer laboratorio de las políticas económicas neoliberales que, a la postre, fueron retomadas por la “revolución conservadora” de Ronald Reagan y Margaret Thatcher e impuestas en prácticamente todo el continente por medio de los organismos financieros internacionales, en lo que dio en llamarse el Consenso de Washington, con los desastrosos resultados ya conocidos en los terrenos económico y social.

También un 11 de septiembre, 28 años después, el mundo se conmocionó a raíz de un brutal atentado terrorista cometido en contra de las Torres Gemelas y el Pentágono. En respuesta, el gobierno de George W. Bush emprendió primero una sangrienta incursión militar en Afganistán –que derivó en el derrocamiento del régimen talibán en la nación centroasiática, pero también en la muerte de miles de civiles inocentes–, recortó las libertades de sus propios ciudadanos e inició luego, en marzo de 2003, una guerra criminal e injustificable en contra de Irak, que al día de hoy ha significado para Washington un enorme descalabro en los terrenos político, económico, diplomático, militar y moral, y ha dejado tras de sí enormes pérdidas humanas y materiales en el país árabe.

Ayer se cumplieron 36 años de que el presidente constitucional de Chile, Salvador Allende, fue víctima de un violento golpe militar –colofón de una campaña de desestabilización política auspiciada desde Washington– que terminó por subvertir la institucionalidad democrática en ese país –sustituyéndola por un régimen bárbaro y asesino– y puso de manifiesto la aversión de la Casa Blanca a los gobiernos populares y progresistas, por más legítimos que fuesen.

A la coincidencia casual en las fechas de estos episodios debe añadirse el hecho de que ambos han planteado puntos de alteración en los órdenes mundiales respectivos, han sentado precedentes nefastos para la vigencia de las libertades y los derechos humanos y han significado, en suma, gravísimos retrocesos políticos y civilizatorios que, por desgracia, mantienen hilos de continuidad en el presente.

Ciertamente, mucho ha cambiado desde el día del asedio militar al Palacio de la Moneda, y la mayoría de los pueblos latinoamericanos pueden preciarse de contar con gobiernos democráticamente elegidos que, por añadidura, han decidido alejarse en mayor o menor medida de la indeseable preceptiva económica ensayada en Chile durante el gorilato pinochetista. Sin embargo, las conjuras desestabilizadoras de las oligarquías regionales continúan siendo un riesgo latente, como hoy por hoy puede apreciarse en Honduras, en donde, pese al repudio generalizado de la comunidad internacional, se mantiene desde hace más de dos meses un régimen impuesto manu militari, en buena medida gracias a la tibieza y la indefinición del gobierno de Washington.


Por otro lado, pese al manifiesto fracaso de la cruzada bélica emprendida por Bush hace casi ocho años, y aunque la presente coyuntura ha obligado a los gobiernos del orbe a centrar su atención en el ámbito económico, el actual presidente estadunidense, Barack Obama, se mantiene empeñado en preservar la ocupación militar en Afganistán –en un gesto que amenaza con convertirse en una trampa para su propio gobierno–, acaso como una concesión a los halcones estadunidenses y a los integrantes del complejo militar-industrial, el cual constituye un enorme poder de facto, sin cuyo beneplácito nadie puede arribar a la presidencia de la nación vecina. La falta de voluntad o capacidad de las autoridades estadunidenses para aprender de errores pasados encierra un riesgo indeseable: que en el futuro surjan expresiones de rencor como las que se manifestaron ayer hace ocho años en Nueva York y Washington.

En suma, el 11 de septiembre se ha incrustado, en el calendario de la historia mundial, como una fecha ligada a la tragedia, y su conmemoración debiera obligar a los gobiernos de todo el mundo –empezando por el de Estados Unidos– a abrir espacios para la reflexión y la corrección de errores e inercias inhumanas, bárbaras e indeseables.

sábado, junio 20, 2009

En búsqueda de Hortensia Bussi


Christian Seymour y Daniel Vera: año 2005

Mercedes Hortensia Bussi Soto nació en Valparaíso el 22 de julio de 1914, tiempos de grandes guerras y cambios en el mundo. En Chile el hecho más significativo era la organización de la clase obrera y media que aseguraría el triunfo de la Unidad Popular décadas más tarde. “La Tencha” se vino a Santiago en su juventud y estudió pedagogía en historia, pero trabajó siempre como bibliotecaria. Se casó con Salvador Allende y lo acompañó desde la época en que era Ministro de Salud del Presidente Pedro Aguirre Cerda hasta su muerte como Presidente mártir en 1973.



Como Primera Dama se avocó a las labores sociales que tradicionalmente cumplen las esposas de los presidentes. Sus cercanos dicen que creció como personaje público después del golpe militar, mientras recorrió el mundo denunciando los atropellos de la Junta.

Pocas veces se ha dicho que trataron de matarla pero que sobrevivió al bombardeo de la casa presidencial de Tomas Moro. “Entre cada uno de los ataques se desataba un tiroteo de locura. La residencia se convirtió en una masa de humo, de olor a pólvora, de destrucción”, declaró días después.

Sacó fuerza de flaqueza cuando tuvo que enterrar a su marido y presidente de Chile en el más completo anonimato. No le dejaron ver el cuerpo y no hubo responso, pero no se doblegó. “Que todos los que están presentes sepan que aquí se ha enterrado al Presidente Constitucional de Chile” habría dicho antes de arrojar sobre el ataúd las flores que recién había recogido.



Salió exiliada a México prácticamente con lo puesto y asumió de inmediato como su misión el trabajo por reconquistar la democracia en Chile. Según el secretario general del PS de ese tiempo, Carlos Altamirano, “en el exterior presidió los cientos de actos de solidaridad con Chile que se organizaron en Italia, Francia, Inglaterra, España, donde ella siempre intervenía en forma muy certera”.

Se convirtió en símbolo de la oposición chilena para la opinión pública mundial y la izquierda en el exilio. El socialista Jorge Arrate asegura que nadie la cuestionó, porque tenía la capacidad de mantenerse al margen de las peleas partidistas.“Si hubiera dicho algo contra los socialistas, los comunistas o el MIR, no hubiera podido representarnos a todos, cosa que sí pudo hacer durante 17 años”.



En actividades en el exilio.


Fue respetada en el exterior, no sólo por ser la ex mujer de quien se había convertido en símbolo de la democracia, sino también por su propia valentía y sinceridad. Para Jaques Chonchol ex Ministro de Allende e impulsor de la Reforma Agraria, dice que: él mismo se sorprendía de su capacidad de plantear sus puntos de vista en cualquier escenario mundial y de la buena acogida que tenía entre los líderes de los países más poderosos del mundo. “Francois Mitterrand tenía una deferencia especial con ella, incluso la hospedaba en su casa”.

En Chile su labor era prácticamente desconocida, debido a la censura y la campaña de desprestigio en su contra. A pesar de los dramáticos hechos en que se vio envuelta, los diarios de la época evitaban referirse a ella, aunque también acudían a términos irónicos y despectivos cuando era imposible ignorarla. No cabe duda de que tuvo gran ingerencia en el apoyo y la solidaridad de que gozó la resistencia chilena durante su larga lucha contra la dictadura. Sus visitas, no sólo intensificaban el trabajo de solidaridad de los exiliados, sino que también ponían en la agenda política, noticiosa y cultural del país anfitrión el tema del atropello de los Derechos Humanos en Chile. Fueron 17 años de trabajo, viajes por el mundo, encuentros políticos, discursos y entrevistas. Pero también de luto, no sólo por su esposo, sino también por su hija Beatriz, quien muriera en el exilio. A esto se suman las muertes de amigos y colaboradores, muchas veces en manos de los militares chilenos.

Al medio día del 24 de septiembre de 1988, Hortensia Bussi pisó suelo chileno por primera vez después de 15 años. Ante una gran multitud y entre lágrimas leyó un saludo donde recordó a las víctimas de la dictadura, en especial a su hija y a su esposo, pero también anunció que participaría en la campaña del NO.



Su primera actividad pública fue visitar a Clodomiro Almeyda, quien estaba detenido por retornar a su país natal.

Con la conquista de la democracia, regresa definitivamente a Chile y se avoca al trabajo por la memoria del ex presidente. Lleva acabo el funeral oficial de su marido, crea la Fundación Salvador Allende e inaugura el monumento en su memoria en la Plaza de la Constitución, entre otras múltiples actividades.

La falta de información y el desinterés por Hortensia Bussi como personaje público y testigo de nuestra historia fue una constante durante la investigación. Por eso esperamos aportar a través de nuestro trabajo a acabar con esta injusticia que se mantiene hasta hoy.

Todavía se habla del bombardeo a Tomás Moro, como si ella no hubiera estado ahí, se habla del exilio como si ella no hubiera hecho parte de él y se escribe la historia como si ella no la hubiera vivido junto a nosotros.

Daniel Vera

Periodista