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viernes, mayo 28, 2010

Tomadura de Pelo Nacional

Ruta Norte Laguna

México es el país de las tomaduras de pelo, de las megatomaduras de pelo. Todo es cuestión de colocar un escándalo mediático en la agenda para que se diluya lo que ayer era muchisisímo muy importante. Por eso, no se necesitará demasiado para que el caso Paulette, un caso que resultaría risible si no fuera trágico, concluya en el baúl de los olvidos (no de los recuerdos) y todo quede convertido en farsa sin importancia, en una más de las grandes tomaduras de pelo a las que ya nos habituamos.

El caso Paulette, digo, es trágico por dos razones: por la muerte de la niña en primer término, y, en segundo, porque ilustra cómo es posible armar un tinglado de disparates sin que el responsable principal derive en el oprobio. Cómo no recordar al Aburto clonado que “mató” a Colosio. Cómo no recordar a Paquita la de cráneo que con sus artes adivinatorias y bezanillas dio con la calaca apócrifa de Muñoz Rocha. Cómo no recordar al Señor de los Cielos que luego de una operación marca Lucha Villa se fue al cielo (su elemento) peor maquillado que una momia de Guanajuato de película santista (de Santo, no del Santos). Cómo no recordar el desafuero que en los hechos fue el banderazo oficial de salida a los pura sangre de la defraudación electoral. Cómo no recordar a Juan Molinar Horcacitas dando explicaciones campanudas luego de que en su paso por el IMSS fue concesionada al chilam-balam una guardería que después fue el escenario de un infierno. Como no recordar el extraño secuestro/desaparición/nosesabequé del Jefe Diego al que su fortaleza sacará adelante.

El caso Paulette fue en su momento cortina de humo y, con el transcurrir del tiempo, culebrón gaviotesco en el que una pequeña mermada de su salud primero desaparece y luego, varios días después, reaparece como cadáver lleno de mundo en el intersticio de una cama y un colchón. Aceptemos que las películas de Pepito y Chabelo contra los monstruos sí pueden hacerse realidad, que esa pobre niña es encontrada allí después de varios días de desaparecida y también después de que un ejército de sabuesos con charola peinan la “escena del crimen”. Imaginemos, seamos indulgentes, imaginemos que el show es cierto. Dados los antecedentes, la sociedad televiciosa, de suyo poco exigente con las tramas, reclamaría de todos modos un culpable, aunque sea el mayordomo de rigor en los thrillers baratos. Luego, derramando babas por doquier, aparece el procurador mexiquense, que es como si apareciera su jefe Peña Nieto, con la nueva lonjemocuna de que nadie sabe, nadie supo, y el caso está cerrado.

Grotesco es una palabra demasiado amable para calificar la conclusión del caso Paulette. El hombre del copete mágico y futuro presidente de México (que la computadora se me haga chicharrón) aparece ante las cámaras que tanto lo acarician y se tira un choro que en la retórica clásica sería denominado “pleito ranchero”, o sea, ése en el que, sabiéndose culpable de un enredijo sin nombre, reprocha a sus anónimos críticos la politización de un tema estrictamente vinculado con lo judicial, sólo con lo judicial. Poco antes, como prueba de que toda mugre es politizable en este país que para despolitizarse demanda la presencia despolitizadora de un gran despolitizador, el ejecutivo mexiquense ejecutó al ecofónico Bazbaz luego de que éste se puso la soga al anunciar que no hay delito por perseguir. En resumen, el showsazo de la desvergüenza a todo lo que da.

Creo que sería de locos anhelar un país perfecto, con instituciones eficientes y funcionarios útiles. Finlandia y Dinamarca ya nos son inalcanzables. Nos conformaríamos con una atmósfera menos enrarecida de gases informativos perniciosos, con un poco de lógica y de ética a la hora de administrar justicia, con una pizca de sensatez al momento de crear y desvanecer cortinas de humo. La imaginación del mexicano tiene límites, límites que fueron rebasados en el caso Paulette. Hasta para tomar el pelo hay modos. No mamen.

viernes, abril 30, 2010

Futuro Hecho Papilla

Ruta Norte Laguna


El 30 de abril es buen motivo para escribir sobre niños. Lo haré, pues, hoy y el viernes siguiente para luego abrir cancha al tema de mi nueva visita a Buenos Aires, donde participaré en la Feria del Libro. Comienzo, entonces. Hace un par de días fui a Saltillo y me topé con el Semanario, quizá el suplemento principal de Vanguardia.

De regreso, en el (como de costumbre) horrendo bus le eché un vistazo a los contenidos de la publicación. La parte central fue dedicada a la niñez juarense, una niñez cuyos hábitos, ya podemos imaginarlo, se han visto salvajemente alterados por la dinámica de la violencia sin control que ha convertido a Juárez en una franquicia del infierno.

Padres de familia, maestros, trabajadoras sociales y más adultos que a diario deben lidiar con niños, han visto cómo se trastorna la percepción de los pequeños. La mayoría siente miedo, como los adultos. Es un miedo crudo, sin filtros, tal y como lo captan en la conversación y la mirada de los adultos. Muchos, lo que es peor, han estado cerca de balaceras o de plano han visto ejecutados, lo que agudiza el sentimiento de pavor que los invade. Es, digamos, el menor de los males, pues hay una reacción diferente y preocupante: la identificación con los villanos de la película.

En efecto, muchos niños de espacios marginales están abriendo los ojos a la vida y los primero que ven es el espectáculo de la barbarie. Ni tiempo les dan para elegir. Sí o sí, desde que nacen esos niños aprenden la admiración por el poder, por el arrojo irracional, por la fuerza. Oyen en todos lados sobre hechos que en nada parecen apropiados para los oídos de un menor de edad: la construcción de sus personalidades recibe pues información que en poco ayuda a imaginar un futuro mejor, como si de antemano, con sobrada anticipación, estuviera garantizada la reserva de los elementos que requiere el crimen organizado para mantenerse en forma.

Otro detalle digno de alarma es la brevedad del despertar al mundo del peligro. Si antes el fenómeno sólo dejaba apreciar la participación de adultos de entre 25 a 40 años, en tiempos recientes se ha dado un cambio del patrón que acorta casi a la mitad la edad de ingreso a las actividades delictuosas más pesadas. Hoy, los jefes tienen la edad que sea, pero pueden comandar efectivos de trece o catorce años, casi de niños. Esto significa que hoy hay niños de diez u once años que al final del presente sexenio ya estarán incorporados a una actividad ilícita más ruda que el robo de bicicletas o transeúntes, lo que torna muy preocupante el fenómeno de, por así llamarlo, delincuencia precoz.

Para agravar lo que ya de por sí es penoso, los centros de readaptación para jóvenes padecen casi las mismas aberraciones que los dedicados a la reclusión y el mejoramiento de los adultos. Son limitados en todo: tamaño, personal, presupuesto y demás, lo que permite con facilidad que dichos centros sólo sirvan (igual que los grandes) para afinar las capacidades delictivas de quienes allí tienen la múltiple desgracia de caer.

Y no paran las calamidades, pues así de numerosas son las secuelas de una realidad irrigada con violencia: miles de familias ingresan a diario en los rangos de la disfuncionalidad. Si la pobreza y sus taras desmuelen las posibilidades de la armonía familiar, el ingrediente activo de la violencia apuntala la atipicidad del entorno íntimo, de suerte que muchos miles de niños, además de alcohol, droga, golpes, hambre, ignorancia, promiscuidad, insalubridad, suman a su anómala formación una cultura tangible de sangre omnipresente, de muertos que sin esforzarse hallan entre hermanos y amigos.

En Juárez y en muchas partes de México la niñez sufre el azote de una plaga que esperamos no se enquiste, si es que decir esto ahora no es ingenuo. Si va a ser así, ya podemos irnos despidiendo de la frase que por estos días llena la boca a políticos y comunicadores muy poco creativos e infinitamente menos realistas: los niños son el futuro de México.